Regreso a clases: ¿el sacrificio de los inocentes o los relámpagos de agosto? Autor: José Reyes Doria

“Vamos a reiniciar las clases, va a iniciar el nuevo ciclo escolar a finales de agosto. Llueva, truene o relampaguee no vamos a mantener cerradas las escuelas. Ya fue bastante”. Así habló el presidente Andrés Manuel López Obrador. La vehemencia está totalmente justificada. En efecto, es un imperativo absoluto que los niños y los jóvenes regresen a clases presenciales. Ya vamos para dos ciclos escolares con los estudiantes recluidos en sus casas por la pandemia, casi dos años en que la escuela cerró sus puertas, suspendiendo sus funciones de igualación y movilidad social.

Buena parte de los alumnos y los padres de familia quieren regresar a clases. Tengamos presente que en la escuela no solo se transmiten conocimientos, la cuestión del aprendizaje es mucho más compleja. El llamado “hecho educativo” involucra vertientes de mucha profundidad, como lo son la interacción social, el diálogo con los otros, la socialización, el contacto con la diversidad, las dinámicas de acercamiento, confrontación y convivencia entre niños y jóvenes de diferente origen. La escuela pública es, sin duda, el crisol de la socialización incluyente, democrática y formadora de identidad y sentido de pertenencia.

Cada día con escuelas cerradas vulnera más el derecho a la educación y acentúa el rezago educativo de México. Desde luego, también se profundiza la desigualdad social reflejada en la brecha entre los alumnos de escuelas privadas, que tienen los medios para asistir a escuelas aptas o para acceder a las tecnologías necesarias en las clases a distancia, y los alumnos de las escuelas públicas cuyas escuelas están cerradas y difícilmente pueden acceder a las clases virtuales. Los niños y jóvenes más privilegiados continúan con su formación educativa aún en el contexto de la pandemia, mientras que los estudiantes menos favorecidos (la mayoría), sin clases presenciales en las escuelas públicas, se van quedando cada vez más atrasados, incluyendo la deserción de millones de alumnos.

Hace unos diez años, un estudio mostraba que, si bien nos iba, México tardaría cuando menos 50 años en alcanzar el los estándares educativos de los países más desarrollados. Vino la reforma neoliberal de Enrique Peña Nieto y luego la contrarreforma de AMLO, pero en ambos casos no se vislumbraba una política de Estado para fortalecer la educación, pues predominaban las posturas ideologizadas. Ahora, con crisis generada por la pandemia, es posible que la desventaja sea de 100 años respecto a las potencias educativas. La urgencia de regresar a clases presenciales, por lo tanto, es evidente.

Pero hay muchas dudas y temores. No hay confianza en la estrategia del gobierno contra la pandemia, la gente piensa que no se hace lo suficiente, a pesar de que López Obrador goza de altos niveles de popularidad. Estamos en la tercera ola de la pandemia, con récords de contagios todos los días y con una condición agravante: las variantes del virus son más contagiosas y atacan más a niños y jóvenes.

Van 500 mil muertos por la pandemia en México. El gobierno no ha podido, o no ha querido, desplegar medidas integrales de detección y contención de los contagios. Contagiarse y caer enfermo de Covid-19 horroriza. Los hospitales se saturan rápido, no hay medicamentos ni oxígeno suficiente. El presidente López Obrador ya dijo que no se tiene contemplado vacunar a los niños, y la vacunación de los mayores de 18 años marcha con lentitud. Las variantes del virus cuestionan lo poco que se sabe de él, sobre todo en lo relativo a niños y jóvenes.

Este cuadro genera miedos profundos por nuestros niños, niñas, adolescentes y jóvenes. Ellos son lo más preciado, razón por la cual el regreso a las aulas despierta zozobra. Nadie quiere que sus hijos se contagien y se enfermen de Covid-19, mucho menos que mueran. La angustia de padres de familia, alumnos, maestros y autoridades educativas se alimenta de la debilidad institucional que observan ante el desafío de volver a clases presenciales.

El gobierno federal plantea la cuestión como un “tiro” con sus enemigos, echa por delante el principio de autoridad, y plantea como inapelable el regreso a clases el 30 de agosto. Aunque se enfermen y se mueran los niños, que al fin y al cabo serían poquitos: así puede interpretarse la postura de AMLO, al menos así la interpretan sus enemigos. La determinación de López Obrador no contempla diálogo, consultas ni compromisos. El 30 de agosto se regresa a las escuelas, aún si relampaguean los contagios; pero eso sí, los padres de familia deben firmar una carta compromiso donde deslindan al gobierno de cualquier responsabilidad si sus hijos se contagian de Covid-19.

De ahí las dudas y las disyuntivas. El gobierno federal no tiene una estrategia integral para el regreso a clases presenciales. No hay un plan para adaptar las escuelas con espacios ventilados propicios para la sana distancia; no hay un programa de inspección médica en los planteles escolares con canalización a hospitales para los alumnos contagiados y sus familias. No se ha detallado una línea de abastecimiento, oportuno y continuo, de cubrebocas, gel, jabón, agua potable en todas las escuelas que abran sus puertas. De ahí las dudas y las disyuntivas de los padres de familia y de los maestros.

Sí, los maestros también tienen temores, a pesar de que ya están vacunados. Sus representantes sindicales navegan en el oportunismo y la frivolidad. El líder del SNTE, Alfonso Cepeda, se declara a las órdenes de lo que instruyan desde Palacio Nacional y, en un arranque de insensibilidad gremial, afirma que los maestros están obligados a regresar a clases presenciales, pues tienen que “desquitar” el sueldo y las prestaciones que reciben. Así, sin consultar a los maestros de acuerdo a los nuevos derechos de éstos en materia de democracia sindical; sin exigir condiciones mínimas de protección y prevención para los alumnos y trabajadores en las escuelas. Sin atender las inquietudes de los maestros ante la versión de que necesitan una segunda dosis de la vacuna y que el gobierno ya dijo que no se las aplicarán. Y la patrona, o sea la Secretaria de Educación Pública, prácticamente desaparecida. De ahí las dudas y temores en el regreso a clases.

En resumen: la comunidad escolar observa escasa disposición y capacidad del gobierno federal, la SEP, el SNTE y la Secretaría de Salud para garantizar condiciones mínimas de prevención y protección ante el Covid-19 en el regreso a clases presenciales. También se observa que el gobierno rehúye responsabilidades si algo sale mal, que no hay una estrategia de atención hospitalaria especial, destinada expresamente a los alumnos que se contagien. De ahí las dudas y la polémica.

Sí, es imperioso el regreso a clases, por la vigencia del derecho a la educación y por frenar la brecha de desigualdad que se acentúa con la pandemia. Pero es igualmente imperioso que el gobierno de AMLO, los gobiernos estatales y los maestros asuman el compromiso de cuidar a los niños y los jóvenes.

Que no sea el sacrificio de los inocentes. No se saben los alcances de las variantes del virus, por eso hay que cuidar a los niños. El gobierno debe enviar un mensaje tranquilizador a los padres de familia: que asume la responsabilidad compartida con ellos. Ni un niño debería contagiarse en la escuela, ese debe ser el objetivo del gobierno. Sería inaceptable que su lógica partiera de pensar que los niños se contagian y se enferman poco, y que se mueren menos; esa postura sería funesta, pues entonces el gobierno se convencería de que no es necesario implementar ningún protocolo más allá de la manifestación de su voluntad y una carta que traslada a los padres toda la responsabilidad. Eso sería la matanza de los inocentes

Tampoco los relámpagos de agosto. Es decir, que el regreso a clases no sea el alarde del poderoso que cree que sus actos son heroicos. Como en la novela de Jorge Ibargüengoitia, si el regreso a clases tiene como impulso solo una especie de machismo revolucionario, entonces sus impulsores cosecharán en un primer momento tragedia y dolor; y después recibirán escarnio y ridículo. Todos tenemos la palabra.

Nota publicada en julioastillero.com

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