¿Por qué irritan las opiniones negativas a AMLO? Julio Hernández puso puntos sobre las íes.

Autor: José Reyes Doria

El “Quién es quién en las mentiras” escala inexorablemente hacia la intolerancia exacerbada. El objetivo original era desmentir informaciones falsas, pero ahora ha escalado a la exhibición y condena de las opiniones negativas contra el presidente López Obrador. Seguirá escalando si no se le pone un límite, porque este tipo de ejercicios, cuando parten de la insatisfacción ante lo que publican medios y periodistas, se vuelven insaciables y exponenciales.

Múltiples columnistas, muchos de ellos simpatizantes de AMLO, advirtieron los riesgos del “Quién es quién…”, los excesos que implica y, sobre todo, el daño que causa a la imagen del presidente López Obrador. La pretensión de extender certificados de Verdad es improcedente, pero la condena de las opiniones negativas es inaceptable porque puede implicar, ahora sí, una velada amenaza a la libertad de expresión. Como gobierno, puedes acusar de mentirosos a medios y periodistas (con base en información irrefutable), pero no puedes, bajo ninguna circunstancia, reprochar o condenar públicamente sus opiniones.

El “Quién es quién…” impulsa dinámicas persecutorias e inquisitoriales, debido a su lógica de condena a la información y las opiniones que no satisfacen al poder. Lo vimos en el caso de Julio Hernández, acusado de mentir: la trayectoria y el reconocimiento del que goza no fueron suficiente para que Elizabeth García, operadora del “Quién es quién…” mostrara respeto por el ejercicio periodístico crítico, libre y profesional que siempre ha practicado Julio Hernández. Lo pusieron en el bando de los mentirosos que conspiran contra la Cuarta Transformación; y lo hicieron sin rigor metodológico, simplemente emitiendo un juicio.

or eso fue importante la intervención de Julio Hernández en la “mañanera” en ejercicio de su derecho de réplica. Puso los puntos sobre las íes: el periodismo crítico y honesto no se somete al escrutinio del poder, nadie tiene ni la autoridad ni la legitimidad periodística para extender certificados de veracidad y honestidad. Mucho menos, agrego yo, para exhibir y condenar opiniones. Es probable y deseable que la participación de Julio Hernández, que coincidió con un posicionamiento de los comunicadores de El Universal rechazando las descalificaciones de AMLO, haga recapacitar al Presidente sobre lo absurdo y estéril del “Quién es quién…”

La relación entre los medios y el poder es, por naturaleza, difícil, tormentosa en muchas ocasiones. La idea que parece imperar en Palacio Nacional, de que los medios deben ser manejados por ángeles virtuosos, es romántica y ajena a la realidad. Si a esa idea se agrega la creencia o exigencia de que esos medios angelicales siempre tienen que exaltar las virtudes del Príncipe, puede generarse el ensimismamiento del poder público.

Al contrario, los medios son expresiones de poder, están vinculados a intereses específicos que utilizan la información para posicionarse ante el Estado y la sociedad. Los medios no buscan la verdad, solo ponen a circular información y opiniones para posicionar una visión específica del mundo. Cuando su visión y sus intereses coinciden con las políticas de un régimen, prodigan alabanzas, cuando no, no. El sistema, o el mercado, ponen a cada medio y a cada periodista en su lugar; la sociedad les da o les quita credibilidad; el poder público determina con cuáles medios tendrá relaciones preferentes y con cuáles no.

Pelearse sistemáticamente con los medios y los periodistas es, por lo tanto, estéril y desgastante. Hacerlo y esperar que te traten bien es iluso. Por eso, los gobiernos han desplegado y perfeccionado estrategias de comunicación política. Para generar y posicionar una buena imagen del Príncipe, implantar una percepción favorable en la sociedad y, así, obtener bases significativas de aprobación y respaldo a su obra de gobierno. Si los medios son rejegos, si los periodistas son remolones, una buena comunicación política puede afrontar esas actitudes sin tantas estridencias.

Se puede hacer sin necesidad de traicionar principios, sin repartir chayotes a periodistas y medios. Con una buena comunicación política se puede interactuar con ellos y multiplicar las oportunidades de diálogo y acuerdo. Para ello hace falta imaginación y talento político, pero, sobre todo, disposición a hacer política con una perspectiva de tolerancia e inclusión. Sin sobornos ni amenazas, sino con diálogo y política. El “Quién es quién…”, lejos de apuntalar la percepción y la imagen de AMLO, la rodea de una atmósfera de cuestionamientos absolutamente innecesarios.

Arrogarse la expedición de certificados de virtud, condenar las opiniones y satanizar permanentemente a los medios y periodistas que critican a su gobierno, es, además de todo lo anterior, contraproducente para López Obrador, porque debilita los logros de ese formidable aparato de comunicación política que son las “mañaneras”. Lo que cosechan las “mañaneras”, lo tira por la borda el “Quién es quién…”, cual Penélope que desteje entusiastamente lo que teje el carisma de López Obrador. Sobre todo: AMLO no necesita esto, cuenta con una aprobación popular muy importante.

No está este espacio para dar consejos, pero, en lugar de enfrascar al Presidente en una pelea de callejón, por qué mejor no revisa su equipo de comunicación qué está fallando en la estrategia comunicacional. Determinar si están colocando mal el poderoso mensaje de las “mañaneras”; identificar y corregir deficiencias en el diálogo con los medios, o reactivar ese diálogo si está suspendido. Revisar el rendimiento de la línea de confrontación y así encontrar formas de desagravio a tanta descalificación asestada a los medios (sin traicionar principios, sin chayote: la política es el arte de lo posible).

También, aunque sea de lo más incómodo para cualquier gobierno: revisar si algunas o muchas de las opiniones negativas en los medios obedecen a una mala gestión de gobierno en ámbitos específicos. Indagar, con honestidad valiente, si esas opiniones negativas denotan errores o abusos en acciones concretas del gobierno de AMLO. Sin que necesariamente se acepten en público esos eventuales errores, fallas o abusos, pero sí detectarlos y corregirlos, al menos en el terreno comunicacional.

En suma, cabe reiterar la pregunta que muchos se hacen: ¿quién convenció al Presidente de implementar el “Quién es quién en las mentiras”? La pregunta no es retórica: ese ejercicio escala de forma inevitable hacia la paranoia política y la condena sin límites, alcanzando cada vez más a amigos cercanos y probablemente pronto alcanzará al mismo círculo compacto de Palacio.

Ese ejercicio, además, divorcia al gobierno de la realidad y, en su escalada, puede llegar a la paradoja, uno de estos días, de exhibir algún video de AMLO cuando era líder opositor y criticaba ciertas acciones de gobiernos anteriores (por ejemplo, la militarización de la seguridad pública), pero que, hoy como Presidente, las lleva a cabo. En esta paradoja juguetona, y dado su escaso rigor metodológico, tal vez Elizabeth García presente ese video sin reparar que ahí aparece su jefe y lo juzgue como una muestra de la paliza que le están dando a la Cuarta Transformación.

Información de Astillero.com

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